Leonardo tenía 30 años en 1482, cuando decidió dejar
la ciudad de Florencia y dirigirse a la ascendente Milán. Allí, le escribió esta
carta al gobernante Ludovico Sforza con el fin de solicitarle trabajo:
“Muy
ilustrísimo señor:
Habiendo
visto los experimentos de aquellos que se dicen maestros en el arte de inventar
instrumentos de guerra, y encontrando que sus invenciones no difieren de las
conocidas, me animo, a solicitar a Vuestra Excelencia una entrevista en la cual
le haré conocer algunos de mis secretos. Puedo construir puentes muy livianos y
fuertes (…) y otros más sólidos que resisten el fuego o el asalto (…) y también
puedo quemar y destruir los del enemigo. (…)
Si, debido a su elevación o a la fuerza de su
posición no es posible bombardear un sitio determinado, puedo demoler cualquier
fortaleza. Puedo también construir un cañón liviano y fácil de transportar,
cuyo humo causa gran terror al enemigo, por lo cual no sólo sufren grandes
bajas, sino que se sienten confundidos. Puedo construir en cualquier lugar
determinado y en el mayor silencio, pasajes subterráneos y si resultan
necesarios, bajo los ríos.(…)
En
tiempos de paz, creo poder daros tan completa en la construcción de edificios
públicos o privados, y en la conducción del agua de un lado a otro. Puedo
también, esculpir en mármol, bronce y yeso, y respecto a la pintura, me es
posible competir con cualquiera, sea quien sea.
Además
podría encargarme de la ejecución del caballo de bronce que asumirá con gloria
inmortal y eterno honor la (…) memoria de vuestro padre y la ilustre casa de
Sforza.
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